Braulio Llamero

 

El beso del tiempo

 

 

 

 

 

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(C) Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial, sin permiso previo y por escritor del Autor.

 

  

 

 


 

 

 

 

"Si la opinión de los mortales se extravía donde

         la llama de los sentidos no puede abrir, no deberían

en verdad punzarte desde ahora las flechas de la

ad­miración, pues ves que, si la razón sigue a los

sen­tidos, debe tener muy cortas las alas".

 

(Dante: La Divina Comedia)

 

 

 

"Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad

 y la imagen de su propia eternidad.

Pero por envidia del diablo entró la muerte en el mundo"

 

(La Biblia, Libro de la Sabiduría, 2, 23-24)

 


 

Cuaderno primero

 

 

SOBERBIA


 

 


 

 

 

I

EL ULTIMO VIGILANTE

 

 

 

 

 

 

 

                   Desatadas a una todas las iras de los elemen­tos; res­quebra­ja­da la oscuridad de la noche por una tormenta que la reco­rría a destellos dando imprevistas zancadas de luz; po­seídos los truenos por una inten­sidad que rebasaba la capaci­dad de un oído tomado a traición; cegado por los re­lámpagos cualquier caminan­te que no hubi­ese hallado un cobijo seguro y a tiem­po: la cama ante Lena diríase que empezaba a bambo­learse al viento y que adquiría, con cada rayo y tras cada trueno, a cada soplo y ven­tisca, el osado carác­ter de una altí­sima construc­ción de paredes móviles y venta­nas con tímpa­nos; y diríase que ella, sin llorar, sollo­zaba y que en el silencio a­grietado de la habitación le fue al fin com­pren­sible que en aquel otro lado la lluvia era más que lluvia (her­mosa es el agua que baja can­tando, canta­ban a veces desde la aldea cerca­na), acertando a intuir la imposi­bili­dad de un vien­to que estuviera dotado del músculo de los hura­canes y que aullase, como lo hacía en el exterior, con el des­garro de una mana­da de lobos sin presa. De modo que se dejó acunar en el duer­mevela que encoge los ánimos y repliega los ojos, y si­tuada ya infe­liz­mente dónde quería va­gar, se en­redó en la pregunta de si todas las furias a la vez libera­das estarían gi­miendo por lo mismo que ella; y en ese lo mismo colocó el dolorido pai­saje de un viejo que entreabría los párpados y la mira­ba como queriendo,

                   -Tente firme y aguanta, Aldara, mi abue­lo...,

                   empa­parse de ella, de su ima­gen -joven y ter­sa- y de sus ojos tan vivos, antes de ren­dirse al largo combate que, sin armas ni ayes, durante noches y noches, lleva­ba li­brando contra ese fenómeno que llama­mos la muer­te...

                   Estaba apresa­da la piel de aquel hombre en un labe­rinto de arrugas que sugería también un conjunto de redes de color amarillo y habían adquirido sus labios una progresiva dureza que Lena inter­pretó en su mo­mento como el más claro augu­rio del fin. De hecho, a aque­llas altu­ras, des­pués de tantas noches de merodeo final, nada indicaría que el cuerpo rugoso que des­cansaba sobre la cama mantenía un solo soplo de vida, si no fuera por la mira­da, de tan pode­roso y descon­certante bri­llo, de no ser por los ojos que se afer­raban a la otra mirada que había en la habitación,

                   -Lena, Lena, mi nie­ta...,

                   con la misma ansiedad con que extiende sus manos el ciego que avan­za por senda que desconoce.

                   Al incli­nar­se sobre aquel rostro , Lena sentía un olor, casi un aroma, ácido y dulce; y le dio por pensar que acaso no fuera otra cosa que el propio perfume de la vida cuan­do va siendo des­menuzada en frag­men­tos del gro­sor o enti­dad de un suspiro:

                   -¡Abuelo, abuelo, mi abuelo! ¡No te rindas, sigue mirándome y abandona el abismo! Aún no puedes morir; no puedes irte sin dejar tu equipa­je; no debes dejarme a solas en el cas­tillo aparente...

                   Ni estas ni otras palabras quebraban la quietud de un anciano cuyos ojos habían tomado pose­sión permanente del rostro de la mujer que tan cerca le hablaba. Y como tenía aquel hombre la facultad de ver en un solo ros­tro una y mil ca­ras, mil caras en una, ocurría que en ese momento, con sus ojos ab­sortos en los ojos­ de Lena, contemplaba a la joven en aquel mismo ins­tan­te, pero también diez años antes, y quin­ce, y diecio­cho. Por el contrario, y esto era lo que le mantenía en suspenso, no la veía, por más que miraba, ni diez años después, ni quince, ni vein­te. Con la obsti­na­ción de quien no está acostumbrado a dejar un enigma sin resol­ver buscaba el anciano respuesta a esa ausencia de reflejo futuro en Lena Blendárame-Shaya, pues si en las perso­nas comunes no es la memoria más que un conjunto difu­so de imágenes sucedidas, en su mente adiestrada esa memoria acertaba a reconstruir el pasado de cualquier rostro que pudie­se ser con­tem­plado durante un cierto lapso de tiempo; y con parecida mecánica podía escru­tar su futuro, aunque a la inversa: el pasado deja huellas a partir de las cuales puede elaborarse una reconstrucción, mientras que la visión del futuro ha de extraerse a partir de una proyección de las huellas que dejará y que cada cual insinúa desde su nacimiento. Así había sucedido desde que accedió a la soberbia y así debe­ría estar sucediendo en aquel mismo instante, salvo que Lena y futuro fueran pala­bras o­pues­tas no des­tinadas a coin­ci­dir. Si bien era igual­mente lógi­co no des­cartar como causa de semejante vacío asimé­trico que su ex­trema debi­lidad hubiera hecho mella en los laberin­tos, de modo que no pudie­ra saber de Le­nas futu­ras aun­que aún tuvie­ra la energía pre­cisa para ver las Lenas pasa­das... La duda es un dardo em­ponzoñado de cuyo veneno no es fácil sanar salvo que acierte a clavarse en la diana de la certe­za... Ver hacia atrás y ver hacia ade­lan­te exi­gían el mismo po­der y la misma ener­gía, por no ser diferente el es­fuerzo, como no son diferen­tes, sino partes de un solo algo, los dis­tintos senti­dos de una persona. Un imper­ceptible temblor sacudió al anciano en el lecho y una lágrima se le deslizó de arruga en arruga hasta que la mano izquier­da de Lena borró el sen­dero brillante:

                   -¿Qué pasa, abuelo? ¿Qué te acongoja?

                   Despegó él varias veces los labios, pero su lengua era un trapo sin vida y las cuer­das vocales parecían ausentes, al carecer de las fuerzas precisas para trans­for­mar una idea en pala­bras: esa trabajo­sa forma de hace­rse en­tender. Le resultaba más placentero con­centrar las ideas y en­viar­las como invi­sibles pelo­tas de humo hasta el inte­rior de su nieta, de modo que ésta, acos­tum­brada al fenóme­no, viera, en vez de escuchar, lo que Aldara, el anciano, el último mago soberbio, decía:

                   -Debo irme... Es el tiempo. Nadie puede esqui­var en exceso el destino de cuanto nace. Yo he intentado hacerlo duran­te estos últi­mos años confu­sos porque debía per­mane­cer, a mi pesar inclu­so, preser­vando el se­creto mien­tras fuera posi­ble. Y porque tra­taba de ha­llar lo que al final no ha sido sino un sueño esté­ril... Ha­blo, Le­na, de mi fra­caso mayor, que es el que ahora se acerca; morir sin haber encon­trado un dis­cípulo. Por­que sin haber adies­trado a un segui­dor de la ingente tarea, tan sólo he podido apla­zar el desastre. Y los peores augu­rios sobre­ven­drán sin que haya nadie que pueda afrontarlos...

                   Trataba Lena de orientar su razón entre la espesa bruma de despedi­da que desprendían tales ideas:

                   -Cálmate, abuelo; tu hora aún no ha llega­do.

                   Pero, ajeno, el anciano seguía:

                   -Ese fracaso me amarga sobremanera. Y también tú ensom­breces mis ojos. Desde que te hallara en los bosques de Italbá­ranah -tú ten­drías tres años y estabas perdida, yo pasaba de ochenta y alguien quería encontrarme- he cui­dado de ti y he dejado que me cui­da­ras. Pero ahora no sé qué más puedo hacer, no creo poder hacer na­da, salvo decirte que tu destino segu­ra­mente es la huida. De­ vuelta pues a tu origen: otra vez sola y sin rumbo...

                  Lena apretaba la mano del viejo al estallar otra vez su indignación contenida:

                   -¿Por qué no has querido que sea yo quien te siga? ¡Yo soy tu discípulo! ¡Yo soy la única que puede seguir donde tu te detie­nes!

                   Sólo al cabo de un rato, que pudo durar segun­dos pero tuvo consisten­cia de años, volvió Lena a sentirlo:

                   -Ha­certe heredar mis poderes sería condenar­te a una muer­te segura, pues pronto los otros ahí fuera sabrían... No, Lena, no. No puedes pedirme semejante condena.

                   La joven se había alejado y miraba la antiquí­si­ma cama desde un rincón de la alcoba. El cuerpo del abuelo era apenas un bulto menu­do bajo las telas. Desde allí, elevando la voz, replicó melancóli­ca:

                   -Lo estás haciendo, estás condenándome, abuelo; cuando tu desaparezcas, ¿qué es lo que va a ser de mí? Tendré que dejar este casti­llo labrado en enigmas, que se sostiene, no sobre muros o piedras, sino sobre fuerzas desconoci­das que provie­nen de ti. Y cuando el castillo se transforme en niebla, ¿cuál será mi destino? Careciendo de ho­gar, de familia, de casa, ¿cuán­to juzgas que he de sobrevi­vir...?

                   Quiso apartar el anciano las razones de Lena con un gesto débil:

                   -Aún cuando todos tus temores se hicieran verdad, lo que no ha de pasar pues tengo previstos medios y formas para que puedas sobrevivir, ¿aca­so no sería preferible vagar extraviada por los caminos que tor­turada por los soldados de Clesadeyo?

                   Más no parecía existir razón o argumento a los que Lena no replicara:

                   -A ti no te han vencido; si me dejas con tus poderes, ¿por qué ha­brían de vencerme a mí? Permite que sea el discípulo que nunca encon­traste y que ya no puedes buscar: nada hay que lo impida.

                   ¿Nada?, se preguntó Aldara a si mismo, sin advertir que el interrogante llegaba nítido y claro hasta Lena. Y sobrevino un largo silencio durante el cual diríase que un dolor soterrado merodeaba por los ojos del viejo, no tanto por lo que había oído o lo que había pensado, sino porque seguía sin ver a su nieta proyec­tada en los años si­guientes. Y eso sólo podía significa­r, se temía, que no iba a vivir. Sin embar­go, ¿cuál era el camino que lle­vaba a seme­jante túnel sin luz? ¿El que ella había descrito, si quedaba sola y sin más poder que el de una simple mor­tal? ¿O el que él intuía si burlaba las normas y aceptaba que una mujer heredara sus fuerzas? Era un dilema que quebraba su entendimiento y para el cual, además, no cabía ni reflexión puesto que las últimas areni­llas estaban a punto de des­lizarse por el cuarteado reloj.

 

 

                   Los ojos de Ordasio, impresionados, no conseguían apartarse de la tormen­ta cuando tras rehu­sar la invitación a cenar en compañía de su anfitrión había preferido quedarse a solas contemplando a través de la estrecha ventana los efectos del tempo­ral que azo­taba los árboles y re­cortaba en relám­pagos el contor­no de una fortaleza en la que sabía agonizante al último de los magos soberbios:

                   -Lo más probable es que el día esperado sea hoy,

                   se había excusado ante el ayudante del gobernador al comunicarle que no, que gracias, que lo entendiera, pero que no, que esa noche prefería estar solo incluso en la cena; pese a lo cual, acababa apenas de apartar una enorme cazuela de barro con alimentos, tras ingerir los que su escaso apetito le había solicitado, cuando unos golpes corteses le hicieron suspirar con resignación: el ayu­dante del gobernador de Cresnir y máxima autoridad del poblado de Shombé, el dueño del modesto palacio en el que se hospedaba, podía como mucho renunciar a su compañía en la mesa pero no a una posterior demostra­ción de compañía servil. De modo que con desgana hubo de murmurar:

                   -¡Adelante!,

                   consciente de que el mero hecho de ser hombre cercano al emperador incluía ese tipo de inconvenientes: el de tener que observar la figura ancha y sonriente de Obrús Arnal entrando en la estancia, bamboleándose y asustando la luz de las velas. He aquí, pensó Ordasio, un antiguo hordo guerrero al que la falta de combate y una vida de ocio han convertido en hombre de movimientos torpes y respiración jadeante. Su comprobada fidelidad al emperador habría sido pagada en su momento con aquel palacio y el mando sobre Shombé; habiendo sabido, como tantos otros, pasarse a tiempo a sus filas y jurarle acatamiento; como tantos otros que eran ahora no menos obsequiosos, a veces hasta la exasperación, por temor a la pérdida o ensombrecimiento de sus privilegios. Y ello pese a que no eran nombrados por el emperador, que sólo se ocupa­ba de designar a los gober­nadores de cada reino y eran éstos a su vez los que nombraban representantes en cada núcleo de población. Sistema que debió ser adecuado al principio, estimaba Ordasio, cuando el nuevo emperador necesitó ganarse la confian­za de los hordos derrotados; mas siendo innegable que el tiempo carcome cuanto tiene vida a través de un lento e implacable deterioro, se hacía paten­te que ni los ayu­dantes del gobernador con­trola­ban ya a sus aldeas, ni los gobernadores sabían muy bien lo que ocurría en cada reino, ni en consecuencia podrían mantener al emperador al tanto de los tenues lazos con los que a duras penas se sujetaba el imperio. Como es natural, tales pensamientos, engendrados en sus fre­cuen­tes viajes por los reinos de Espera, no solían salir de sus labios, permaneciendo en el Or­dasio impenetrable que procuraba administrar el valor del silencio. El caso es que Obrús Arnal, tras contemplar por un instante al ilustre invitado que apoyaba sus brazos en la gran mesa instalada frente a la hendidura que hacía función de ventana, se fijó en la insegura llama que desprendían las velas de los candelabros y cerró con rapidez el portón:

                   -Es el aire de la tormenta; no recuer­do haber visto otro temporal tan intenso.

                   Sin dejar de observar la oscuridad que se filtraba por la hendidura, Ordasio le corrigió:              

                   -Asistimos a la agonía de un mago soberbio, no al estallido de una tormenta; es él quien maneja la lluvia, los vientos, el trueno e incluso el relámpago; lo que tomamos por temporal no es otra cosa que ceremonia de despedida.

                   Obrús Arnal carraspeó y también simuló escrutar la ausencia de luz que emanaba de la ventana. Preguntó entonces Ordasio si había alguna novedad. Que no, que aún no. El general insistió: ¿No habían llegado tampoco mensajes de los hombres que estaban distribuidos por diferentes puntos de observación? La respuesta volvió a ser la misma. Pero la escueta conversación pareció relajar al mandatario de Shombé, que tomó asiento junto a la mesa y forzó una sonrisa:

                   -Lo cierto es, señor, que con los magos nunca se sabe; también hace años, usted lo recordará, pareció que iba a morir y resultó ser mera farsa urdida por él para confun­dirnos. Esperemos que en esta ocasión...

                   Y Ordasio:

                   -¡Esta vez es diferente! ¡Esta vez morirá! Ya le he dicho que esta tor­menta de ahí fuera está causada por él. ¿Y sabe la causa? Porque intenta retrasar lo que no admite demora.

                   El mandatario de Shombé se apresuró a expresar, con ayuda de miradas y gestos, que también él estaba seguro y que era causa de su personal regocijo que hubiera llegado la hora para el más despreciable y obsti­nado de los magos soberbios. Y Ordasio asentía, arrepentido por la brusquedad del tono empleado y reconociendo que mellaba su ánimo la tensión de una espera que, en forma de surcos crispados, debía de estar reflejando en su cara la fatiga de demasiadas semanas, de cerca de un mes, que era el tiempo transcurrido desde que abandonara el palacio imperial para tras­ladarse a Shombé, en el reino de Cresnir, con la intención de evaluar en persona los indicios del inminente final de Aldara Blendárame. Fue entonces cuando, avisado con tiempo de su llegada, el manda­tario de la localidad había insis­tido en alojarlo en su propia mansión por el tiempo que fuere preciso, en una actitud entre respetuosa y asustada que tenía su lógica, pues Ordasio formaba parte, con la categoría de general sin mando, de la Guardia Imperial que, entre otras misiones no tan cono­cidas, se encargaba de la seguridad personal de Clesadeyo Serándam. Pero además tenía un lazo añadido el general con el emperador ya que, cuando dos años antes se convirtió en el más joven de sus gene­rales, había recibido un encargo que el jefe del núcleo de población más próximo al castillo de Aldara Blendárame no podía ignorar: la vigilancia continua  del mago soberbio. No había olvidado Ordasio las palabras del empe­rador al confiarle esa misión: La venenosa serpiente es un viejo que esquiva la muerte a golpe de magia, le dijo; Tengo razones para pensar que su aparente vigor es fingido, añadió; Y debes saber sin hacerme preguntas que es importante para mi y vital para el imperio conocer el instante preciso en el que muera la hiena, había seguido. Y sin concluir, concluyó: Haz que nadie conozca la muerte del perro antes que yo y serás colmado de honores, pero comete un des­liz... Y no fue necesaria la conclusión para que Ordasio comenzase a tejer en torno al castillo de Aldara una tupida tela de araña de infor­madores. Cuan­do esa tela vibró anunciando el fin, dio cuenta al empera­dor y se apresuró a partir hacia la población más cercana, donde por fin, tantos días después, la crecien­te furia de los elemen­tos hacía con­cebir espe­ran­zas fundadas: pero estaban pasando las horas, no llegaban señales y el pensamiento de Ordasio se debatía entre la desazón de la incer­ti­dumbre y el acoso de una somno­lencia creciente que, antes que a él, había tumbado al manda­tario de Shom­bé, grotes­camen­te dormido entre un sillón y la mesa, tras ser vencido por la misma modo­rra que estaba inten­tando quebrar en Ordasio la re­sistencia que aún ofrecían sus pár­pados: acabó dormitando unas horas hasta que a las cinco de la mañana un relám­pago blanco y fortí­simo seguido de un trueno ensordecedor, rasgó en mil pedazos la menguante oscuri­dad que precede a la aurora. Y ese relámpago, que brotó cegador del inte­rior del castillo, barrió cual­quier vestigio de la tormenta e indicó el momento exacto en el que Al­dara Blendá­rame, el último de los magos sober­bios, alcanzó su extinción; marcando el instan­te también en el que Lena Blendárame Shaya pasó a conver­tirse en la primera y única y última de las magas sober­bias.

 

 

                   Pero Lena no conocía aún tales hechos ni adivinaba el alcance de sus poderes; el único poder del que era consciente en aquellos instantes ­tenía el nombre de amor y la forma de lágrimas que resbala­ban por sus meji­llas hasta caer en las sedas de la anti­quísima cama vacía.

 

 

                   Con las primeras luces del alba y escoltado por doce arqueros, cabalgó Ordasio hacia el palacio imperial, en la ciudad de Asanta, y veinticuatro horas después, ni una más ni una menos, desmontaba en el interior, exi­giendo ser reci­bido por el Señor de Espera y Empe­rador de las Tie­rras Anchas, Clesade­yo Serándam. Pero el protoco­lo era estricto, incluso para un general, y el jefe de la guardia nocturna se limitó a transmitir su pretensión al anciano Estrobo, responsable a su vez de la segu­ridad del palacio, quien ordenó que el jinete se presentase ante él. Sólo tras reco­nocerlo, decidió despertar a la primera don­cella de la empera­triz Sesba­nia, pues la norma exigía que sólo la mano o voz de su esposa pudiera despertar a un emperador, y que a la alcoba de ésta cuando dormía sólo pudiera acceder la primera doncella. Todo lo cual se cumplió con impecable meticulosidad y también con una lentitud que exasperó a Ordasio: nervioso, sucio y cansado, paseando de un lado a otro en espera de la entrevista: así lo encontró el general Estrobo al regresar de la alcoba de la doncella y quizá por ello decidió indicarle que en la estancia contigua podía hallar ropa lim­pia y todo lo necesario para un buen aseo; añadiendo, al verlo dudar:

                   -Sabéis tan bien como yo que el emperador no des­pierta con rapidez.

                   Comprendiendo que tenía razón y que nada ganaba con permanecer a la espera de audiencia y que ciertamente su aspecto no era el mejor para pisar las alfombras del aposento imperia­l, Ordasio siguió sus consejos; por lo demás demostradamente atinados puesto que hasta casi una hora después no fue recibido por Clesadeyo, sentado al fin, aunque sin disimular somnolencia, en uno de los tronos menores que se había hecho instalar en la alcoba. Inclinando la cabeza, Ordasio entonó el preámbu­lo ri­tual:

                   -Emperador y Señor de las Tierras Anchas de Espera, nada ni nadie puede interponer­se entre vos y el deseo que en vos mismo nace...

                   Pero el hastío del emperador le empujó a no demorarse:

                   -Ahorra formalidades y dime qué es lo que pasa o, ya que te atreves a despertarme, confirma la noticia que llevo esperando desde hace veinte años.

                   Ordasio asintió:

                   -Esta noche, al filo del amanecer...

                   ¿Había muerto? Así era. ¿Estaba seguro y podía jurar que el último mago soberbio ya no existía? Como lo estaba y podía jurarlo, una amplia sonrisa, una incontenible expresión de euforia sustitu­yó en Clesadeyo la mezcla anterior de indolencia y de sueño. ¡De modo que era posible! ¡Por fin podría entrar en la Caverna de la Simple Verdad! ¿No era ese el significado? Pero de pronto el joven general no respondió: acababa de percibir una duda remota, un elemento no evaluado, algo que se expandía como nie­bla imprevista sobre su certe­za ante­rior. ¿Era o no era esa la única interpretación que cabía a la nueva feliz?, insistió Clesadeyo. Y Ordasio sacudió la cabeza como si des­pertase de un breve ensueño limitándose a contestar que así debía de ser, salvo... Un tono seco, tenso y desabrido perfumaba la voz del emperador:

                   -¿Salvo qué?

                   ¿En qué estaba pensando su general? ¿No había muerto el último mago? ¿No quedaba por tanto abierta, sin vigilan­cia ni riesgos, la Caverna de la Simple Verdad? Y Ordasio insistía en que sí, en que todo ello era cierto y así debía de ser, mi señor, si, como todo in­dicaba, el mago hubiera desaparecido sin dejar un suce­sor como nuevo guar­dián... Captando el matiz, el emperador abandonó el trono menor, acercó sus labios al oído de Ordasio y susurró con voz ronca que él, un joven general de espías, sabía mejor que nadie cómo se habían vigilado durante años los pasos del mago soberbio para apartarle cual­quier posible discípulo, razón por la cual a nadie encontró Aldara Blendára­me, a nadie apto para sus fines había podido seleccionar. Aunque asintiera, Ordasio consideró un deber advertir que el aludido no estaba solo en la agonía, que la que él llamaba su nieta le había acompañado en sus últimas horas, que por lo que había averiguado se trataba de una huérfana a quien llamaban Lena, pero también Blendárame-Shaya, lo que en el idioma ritual de las tribus antiguas quería decir "rama nacida del árbol erguido", por ser Blendárame, o "árbol erguido", como habían apellidado al mago Aldara... La irritación del emperador tomó tal aviso por vaga sugerencia imposible y se limitó a confirmar, otra vez, la muerte del vigilante:

                   -¿Es cierta o no?

                   -Lo es, mi señor.

                   Pues si lo era, ninguna otra cosa había que hablar, puesto que el mago no tenía a su lado discípulo alguno. Concretó aún más Clesadeyo: La joven, su nieta, no podía contar, puesto que no era hombre y sólo los hombres han ejercido la vigilancia desde la funda­ción de la caverna. Que así había sido siempre en verdad, le dio la razón Ordasio. Y el emperador sonreía otra vez al sentir expulsada cualquier sombra de duda, porque eso era todo, nada más importaba ante una caverna que en la colina de Al-Waia desvelaría por fin sus enigmas... Como Ordasio supo entender que la mirada desafiante de Clesadeyo le estaba exigiendo una nítida muestra de aprobación, fingió que sepultaba también hasta la última duda, inclinó la cabeza y murmu­ró que así era, que muerto el último mago, la caverna esperaba al emperador. Añadió éste entonces:

                   -Daré órdenes para iniciar cuanto antes los prepara­tivos de marcha y muy pronto estare­mos allí.

                   Ordasio lo miró con sorpresa:

                   -¿Habéis dicho... estaremos?

                   Y sonrió Clesadeyo al responderle que sí:

                   -Prometí pagarte con creces la culminación de este trabajo; en con­secuen­cia, tendrás el privilegio de acom­pa­ñarme y de ser el primero además que ponga el pie en el interior.

                   -¿De la caverna...?

                   Clesadeyo asintió y sin decir nada más salió de la estancia con una agilidad que no delataba los cincuenta y nueve años cumplidos no hacía mucho. La ex­citación proporcionaba vigor a su cuerpo, pensó Ordasio instantes después asomado al ventanal de la alcoba y distraído por un haz de pensamientos contradictorios que no le impedían estar observando, arriba, las nubes doradas aún por la luz matutina, y, abajo, el patio interior del palacio en el que empezaron a oírse ruidos y agitación: Era evidente que el emperador estaba ordenando que todo recuperara su vida al instante y Ordasio dio por seguro que al cabo de pocos minutos nadie quedaría durmiendo en el Palacio Seram.

 

 

                   Como en el viejo aforis­mo, sabía sólo que no sabía ni los límites de su ignorancia; y tan sólo intuía algo no definido entre el magma que se había adueñado de su ensanchado cere­bro, unas briznas apenas del cúmulo de imposibles que pugnaban por hallar acomodo, por hacerse un hueco, en su desorde­nada cabeza. Como un recién nacido, Lena Blendárame-Shaya necesitaba de pronto adquirir conciencia y dominio de lo que era, de todo lo que innombrable había anidado en el interior; dotarse de la horma de una nueva identidad que contuviera a las otras, a todas las otras, para no ser tan sólo una inoperante suma de ellas. Como un recién nacido, intuía ante sí la prolongada tarea de conver­tir­se en persona, pero disponiendo de apenas algunos días, quizá semanas, como mucho meses...

 

 

                   Fueron los sombríos, con la inconfundible capucha negra ocultándoles las fac­ciones, con los brazos cru­zados sobre el pecho en apa­rente actitud orante salvo cuando car­gaban carros o ensillaban caba­llos, los primeros en aparece­r en el patio prepa­rándo­se para el viaje; y a Orda­sio, que seguía asomándose desde el alto venta­nal de los aposen­tos reales, le pareció contar unos cien: cien componentes de la enigmática orden que sólo reco­no­cía como jefe y guía al empe­rador Cle­sa­deyo y que no precisaba del uso de armas para ser temida a lo largo y ancho del vasto impe­rio.

                   -¿También tu los temes?

                   Volviéndose con sorpresa, vio a su lado a Sesbania, la emperatriz:

                   -Perdonad, señora, no os he oído llegar.

                   Ella insistió:

                   -¿Temes a los sombríos?

                   Ordasio observaba de nuevo las figuras del patio:

                   -Dado que el miedo nace de la ignorancia, señora, lógico es que se tema aquello que no se conoce  -Y mirándola, añadió-: Desconozco cuál es la naturaleza de los som­bríos...

                   Sonreía Sesbania:

                   -Hay pocos que sepan diferenciar entre el miedo y la cobardía, y que no tengan reparos en reconocer el primero.

                   Aunque probable­mente se halla­ra ya en los cua­renta, la belleza de la empera­triz no se había em­pañado con el paso del tiempo.

                   -Ya me iba, señora: el emperador ha salido y yo me distraje,

                   empezó a disculparse Ordasio, dándose cuen­ta de que debía de haber abandonado los aposentos reales al mismo tiempo que Cle­sadeyo, por no ser oportuno que alguien ajeno entrara o per­maneciese en tan reservados lugares. Sin embargo, Sesbania hizo un gesto que lo detuvo:

                   -Quiero que me res­pon­das a otra pregunta antes de irte.

                   -Decidme.

                   -¿Qué opinas tú, Ordasio prudente, de esta mi­sión?

                   Sesbania le hablaba, parecía evidente, del viaje que el empe­rador se disponía a emprender y del cual habría sido informada antes que nadie.

                   -Mi respuesta anterior, también podría serviros ahora; pues de un modo semejante vamos a entrar en algo desconocido. -Aunque después añadió-: Si bien, cierto es que el mago soberbio, que era el peli­gro, está muerto.

                   Insistía Sesbania:

                   -¿Y eso es suficiente para alejar las sombras que intuyo?

                   Ordasio dudaba, pero afirmó que el emperador era sagaz y que no había motivo para sentir temor alguno por él... Entonces Sesbania, en un gesto imprevisto, clavó en él sus ojos dorados, le acarició la mejilla y se vio envuelto Ordasio por ese ademán que le amortiguó los sentidos:

                   -No es por él por quien temo, Ordasio; no es por él por quien dejo que el miedo me tome...

                   Y sin darle tiempo a reaccionar, la emperatriz dio la vuelta y ya de espaldas se le oyó pronunciar un suave adiós. Tras esperar un instante, también Orda­sio optó por marcharse con la intención, si las prisas del emperador le dejaban, de tomarse un descanso. Para lo cual, nada mejor que la casa y la blanda cama de sus sueños de infancia.



 

 

ÍNDICE

 

 

 

 

Cuaderno primero: SOBERBIA

 

I: El último vigilante

II: El Imperio de las Tierras Anchas

III: La espada de Ordasio

IV: La fuerza de los sombríos

V: El triunfo de Aldara

 

 

 

Cuaderno segundo: LONGEVIDAD

 

VI: El juramento del biarquero

VII: La sonrisa de los abismos

VIII: Hombres de arena, imperios de viento

IX: Emperatriz Sesbania

X: La construcción del castillo

XI: El peso de la longevidad

XII: El beso del tiempo