Por Pedro
Alonso(*)
Lynell
Waterman cuenta la historia del herrero que, después de una juventud
llena de excesos, decidió entregar su alma a Dios. Durante muchos
años trabajó con ahínco, practicó la caridad, pero, a pesar de toda
su dedicación, nada perecía andar bien en su vida, muy por el
contrario: sus problemas y sus deudas se acumulaban día a día.
Una hermosa tarde, un amigo que lo visitaba, y que sentía compasión
por su situación difícil, le comentó: "Realmente es muy extraño que
justamente después de haber decidido volverte un hombre temeroso de
Dios, tu vida haya comenzado a empeorar. No deseo debilitar tu fe,
pero a pesar de tus creencias en el mundo espiritual, nada ha
mejorado."
El herrero no respondió enseguida: él ya había pensando en eso
muchas veces, sin entender lo que acontecía con su vida, sin
embargo, como no deseaba dejar al amigo sin respuesta, comenzó a
hablar, y terminó por encontrar la explicación que buscaba. He aquí
lo que dijo el herrero: En este taller yo recibo el acero aún sin
trabajar, y debo transformarlo en espadas. ¿Sabes tú cómo se hace
esto?
"Primero, caliento la chapa de acero a un calor infernal, hasta que
se pone al rojo vivo. Enseguida, sin ninguna piedad, tomo el
martillo más pesado y le aplico varios golpes, hasta que la pieza
adquiere la forma deseada. Luego la sumerjo en un balde de agua
fría, y el taller entero se llena con el ruido el vapor, porque la
pieza estalla y grita a causa del violento cambio de temperatura.
Tengo que repetir este proceso hasta obtener la espada perfecta: una
sola vez no es suficiente.
El herrero hizo una larga pausa, y siguió: A veces, el acero que
llega a mis manos no logra soportar este tratamiento. El calor, los
martillazos y el agua fría terminan por llenarlo de rajaduras. En
ese momento, me doy cuenta de que jamás se transformará en una buena
hoja de espada.
Y entonces, simplemente lo dejo en la montaña de hierro viejo que
ves a la entrada de mi herrería. Hizo otra pausa más, y el herrero
terminó: Sé que Dios me está colocando en el fuego de las
aflicciones. Acepto los martillazos que la vida me da, y a veces me
siento tan frío e insensible como el agua que hace sufrir al acero.
Pero la única cosa que pienso es:
"Dios mío, no desistas, hasta que yo consiga tomar la forma que Tú
esperas de mí. Inténtalo de la manera que te parezca mejor, por el
tiempo que quieras - pero nunca me pongas en la montaña de hierro
viejo de las almas.
(c) de Pedro
Alonso. Si
quieres leer más historias suyas, tiene una web con un montón de
ellas: www.luzysabiduria.com)
PARPADEO
por
"Alasalamar"
El ojo del astrónomo es el telescopio
mediante el cual disfruta de la contemplación de un paisaje
asombroso al que llamamos universo. Las arquitecturas y artefactos
que suman en sí lentes, engranajes, electrónica e informática, son
meras atalayas, miradores artificiales desde los que asegurarse
cierta paz a la hora de realizar tan íntima práctica. Y el
astrónomo, gracias a la tranquilidad de su ojo, tras mucho tiempo de
querer encontrarlo, había descubierto el ombligo de la luna. Se
trataba de un hoyuelo leve, perfectamente redondeado, como la
minúscula concavidad de una copa, el hueco- tal vez en una amante
única- del que apurar el trago deseado de una húmeda ronda de
pasión. Parpadeó emocionado y satisfecho. Parpadeó cediendo en un
breve guiño a la oscuridad absoluta, y fue una lágrima la corona de
su lamento: había perdido la localización exacta del voluptuoso
centro de Selene luego de que se produjera ese automatismo corporal.
Suspiró profundamente mientras se retiraba a descansar. Contaba con
la incredulidad de propios y ajenos, de modo que, la certeza que
dirían era producto de la locura, le bastaba. Muchas veces vivir se
justifica con algo tan pequeño como una caricia, un verso, la caída
de una hoja en otoño y lograr ese punto de felicidad sólo es
cuestión de tiempo: de darse tiempo para reeditarlo.
Mañana volvería a buscar el ombligo de la luna, sí, porque siempre
hay fechas libres en el almanaque para encontrarse con la belleza.
EL PASADO Y EL FUTURO
por Gerardo Cardona Velasco (*)
Dos hombres desconocidos que cruzaban por el camino, se detuvieron y se pusieron a conversar.
‑¿De dónde vienes, buen hombre? ‑dijo el primero.
‑Del pasado ‑contestó el segundo que venía del sur‑. ¿Y tú?
‑Del futuro ‑contestó el hombre que venía del norte‑. ¿Y ahora para dónde vas? ‑volvió éste con entusiasmo a preguntar.
‑Hacia el futuro. El pasado ha sido demasiado triste y amargo, y busco ahora el porvenir y la esperanza.
‑Me inquieta tu respuesta, amigo mío; pues, yo, que vengo del futuro, te digo que no he encontrado tal porvenir, y es por ello que me vuelvo al pasado a rehacer el camino de mi esperanza.
Tras este corto diálogo los hombres se despidieron con cortesía y, a pesar de la incertidumbre que quedó sembrada en el alma de cada uno de ellos, siguieron su camino.
Una piedra que había escuchado la enigmática conversación pensó: "Pobres hombres que se pasan la vida de acá para allá y de allá para acá, entre un sueño y una pesadilla, entre el mañana y el ayer; cuando sólo en el aquí, en el ahora, en el presente, es dónde pueden edificar su futuro sin perder de vista ‑si aún así lo quisieren‑ su pasado".
EL POETA ANCIANO
por Gerardo Cardona Velasco (*)
"Poeta que declaras arrugas en tu frente,
tu noble verso sea más joven cada día;
que en tu árbol viejo suene el canto adolescente,
del ruiseñor eterno la dulce melodía"
Antonio Machado
Un poeta muy conocido y afamado pero ya un poco anciano, con otro, joven y, de cierto, aún desconocido, se sentaron a charlar.
El viejo habló con elocuencia pero hubo tristeza en sus palabras. Le confesó al joven que a su edad ya no podía escribir más poemas y que su corazón se negaba a darle inspiración.
El joven, quien atento le había escuchado, con dulzura y admiración así al viejo habló:
‑Maestro, no te aflijas ya por tu falta de inspiración, pues, a mi ver, no la necesitas más; ya que ahora eres fuente de consejo y sabiduría, y a tus poemas vamos todos en busca de belleza, verdad y ensoñación. Estos han sido y serán semilla para nuevos poemas y en ellos tu invisible mano por siempre se posará . De ese modo, en todos, querido Maestro, seguirás viviendo tú.
El viejo agradeció las palabras del joven y con naciente alegría marchó hacia la montaña con una flor en el corazón.
------------------------
(C) del Autor, que nos ha enviado estos y otros muchos relatos desde Bogotá..Todos los Derechos reservados.
Sobreprotección
por Luis Novelli
La madre lo sujetó del talón y lo sumergió en la laguna, para procurarle la inmortalidad. Imaginó la vida eterna de su hijo: en las guerras que triunfaría; a los guerreros, dragones y dioses que vencería.
Cuando ella terminó de pensar, el niño había fallecido ahogado.
---------------------------
(c) Todos los derechos son de Luis Novelli, un amigo argentino, sin cuyo permiso nadie puede reproducir este cuento.
Si quieres, puedes
por "Anónimo"
Sara, es una niña de 15 años.
Siempre ha sido bastante "rellenita" como le decía la gente. Hizo miles de dietas. Incluso alguna vez llegó a perder peso, pero siempre acababa volviendo a picar entre horas, a comprarse porquerías y comérselas a escondidas... Claro, esto provocaba un malestar en ella y continuos nervios y malhumor. Engordaba y engordaba porque encima de lo que comía fuera, para que sus padres no se enterasen, pues también tenía que comer la comida normal. Ella quería perder peso pero por otro lado no podía dejar de comer lo que le gustaba.
Era noviembre y estaba desesperada por perder 8 kilos por lo menos, ya que a la vuelta de la esquina estaba la Navidad y tenía que perder todo lo que pudiera para poder tomar turrones, polvorones... Lo que para las niñas de su edad normalmente es una alegría: comprar ropa, para ella era un infierno. Llegó a ir a una psicóloga. pero eso tampoco funcionó. A base de hacer test y cuestionarios, un día le dio un bajón de azúcar. Empezó a perder el conocimiento, se mareaba... Al día siguiente no fue al colegio. Durmió 14 horas. Empezó a recordar que a tanto había llegado su desesperación, que llegó a meterse los dedos para provocarse el vómito. Pero también recordó que no llegó a vomitar. Lo había intentado miles de veces pero nunca se atrevía, nunca llegó a vomitar. Pasaron dos semanas y cuando parecía que todo había acabado, otra vez dejó el régimen y otra vez dejó de perder peso. Era una pesadilla que nunca acababa... ¡¡¡y quería perder peso como fuera!!! Al final, después de pasar lo que quedaba de semana recapacitando, decidió que no podía seguir así, que no era feliz y que aquello no merecía la pena. Tenía que disfrutar y vivir la vida. Y si quería estar más delgada, tenía que imponérselo.
Le costó bastante sacrificio y desconsuelo pero lo consiguió. En Navidad había perdido 5 kilos y ya comprar ropa no era un infierno, se veía mas guapa y podía comer en días especiales sin remordimiento. Incluso tuvo más confianza en sí misma.
Esta terrible pesadilla había durado un año, pero por fin se dio cuenta de que si quería, podía. Y que ahora era la chica más feliz del mundo.
Don Este
por Hugo Gamboa
Cuando cruzó el portón de la pesquera, aquella mañana, por primera vez en tres años recordó por que había decidido vivir en ésta tierra, respiró profunda y lentamente en repetidas ocasiones para sentir el fresco y húmedo aroma de bosquemar al mismo tiempo que una llovizna tenue humedecía lentamente su rostro cansado, giró levemente la cabeza por sobre sus hombros y observó por un instante el paisaje que tenia a su alrededor, trató de recordar cuando fue la última vez que lo había hecho, fue entonces cuando decidió caminar los tres kilómetros que lo separaban hasta su casa “ total - se dijo - es solo media hora de camino”. Don Este -como lo conocen todos en la pega- con la tranquilidad que siempre lo ha caracterizado, enfiló hacia el pueblo con tranco cansino y silente. A pesar de los pocos años que llevaba habitando en la zona, don Este, adoptó como propio el ritmo natural que los habitantes del lugar han conservado por siempre dentro de su tradición. Él dice que vivir todo el día corriendo es dañino para el cuerpo y que hay que tomarse la vida con mas calma; cada vez que alguien llegaba con un problema personal o del trabajo, le decía con su habitual cadencia: “cuida tu salud niño, cuida tu salud”.
Mientras observaba el frío paisaje otoñal con sus casas envueltas en típicos trajes de Alerce, jugó con los contornos de los cerros e imaginó el perfil de una mujer y pensó en la suya, en ese instante se estremeció por un segundo y la angustia se apoderó de él retorciéndole el pecho fuertemente, con la rabia contenida y la garganta seca continuó caminando tratando de no pensar en ello, pero la realidad era una sola y su destino estaba decidido. Invadido por la confusión e intentando ordenar sus ideas, volvió levemente la mirada hacia el mar como buscando la línea del horizonte, y una vez mas clavó heladas agujas de aire en sus pulmones al tiempo que la lluvia se hacía notar con mas fuerza e intensidad.
Mientras intentaba inútilmente secarse la cara con la manga de su chaqueta pensó en la carta, pero aún no lograba asimilar por completo los hechos, en ese instante sintió una suave humedad que empezaba a recorrer su cuerpo, y resignado se entregó por entero a su caminata abandonando toda posibilidad de capear el chubasco. Iba tan ensimismado tratando de pensar en todo lo que le estaba pasando, que por un largo rato no se dio cuenta del trayecto que había hecho hasta el momento en que se vio en medio del pueblo, a solo un par de cuadras de su casa; en ese instante tuvo la sensación de que todo el mundo lo observaba como si supieran algo de él, que él mismo ignoraba por completo, se le produjo un vacío tan grande que se sintió totalmente vulnerado por lo que apuró el tranco tratando de llegar lo mas pronto posible a su casa.
A su esposa le pareció extraño verlo tan temprano de regreso, y mientras se quitaba los cubrecalzados y la ropa mojada, le alcanzó una toalla preguntándole por que había llegado tan temprano, Don Éste guardó silencio por unos segundos y con la voz un tanto quejumbrosa intentó balbucear algunas palabras, recién ahí tomó conciencia de lo que le estaba pasando y recordó lo sucedido, entonces miró a su mujer y asumió su sentencia, sin rodeos y con la incertidumbre puesta en el futuro le dijo que había sido despedido, incrédulo aún por las circunstancias, caminó hasta su dormitorio y se tendió en la cama con la mirada perdida en el infinito. Jamás imaginó que apoyar a los trabajadores le iba a traer tales consecuencias, en la gerencia fueron bastante claros, un jefe de turno, como tal no puede formar parte de los trabajadores, es un representante de la compañía y por lo tanto no puede firmar un pliego de peticiones, don Este, haciendo un gesto sarcástico recordaba las causas de su despido según el finiquito y sin darse cuenta las repitió en voz alta:
“mmh, por necesidades de la empresa”.
-----------------
(c) Todos los derechos son de Hugo Gamboa Jara, chileno de la Isla Grande Chiloé, sin cuyo permiso escrito nadie puede reproducir este cuento.
Martha
por Imma Ortells Hervás
Con una mano en la tripa Martha observa como su cena se va por el desagüe. "Es la última vez que lo hago", piensa, pero sabe que no es verdad. La calidez e inocencia de sus 15 años le ha hecho meterse en un camino en el que es muy difícil volver atrás y ella vive en una continua huida hacia delante, viendo como su sonrisa y su alegría se van por el wáter al mismo tiempo que la comida cada vez que vomita.
Después de enjuagarse se mira en el espejo y el reflejo que este le devuelve no es nada esperanzador: sus caderas, su tripa, sus pechos... Todo en ella es de un tamaño descomunal. Levanta la vista para mirarse a los ojos y se da cuenta por primera vez en meses de que su mirada, antes viva y alegre, se ha convertido en una mirada triste que mira desde unos ojos negros hundidos; de que su cabello ha perdido todos los tirabuzones que antes la caracterizaron y ahora solo queda un matojo de pelo lacio y seco del color de la paja...
El timbre del teléfono interrumpe sus pensamientos y Martha va todo lo rápido que puede a cogerlo. Mientras baja, las pocas fuerzas que le quedan la abandonan, las piernas se le doblan, la cabeza le da vueltas... Y siente como cae rodando escaleras abajo." ¿Es el fin?", piensa.
Recuerda cuando, a sus 10 años, su madre vino a darle una noticia que le dejaría marcada el resto de su vida:
-Martha, cariño, ven aquí, siéntate un poco con la mamá.
-¿Y papá?-pregunta ella como anticipándose a lo que su madre tenía que decirle.
-Papá se ha ido, hija mía -su madre hace esfuerzos horribles para no llorar-, se ha ido muy lejos y ya nunca volverá.
La niña, que debido a su juventud no entiende nada, mira a su madre llorar y llora con ella. Llora pero sin saber muy bien porqué. Su padre se ha ido, pero aún le queda tiempo para saber la verdad: ha muerto en un trágico accidente de tráfico.
A partir de ese momento la vida, para Martha, pierde un poco de luz, ya que se acaban las tardes en el jardín pintando con su padre, los domingos en el zoo, los paseos por el parque... Su madre, debido a su trabajo, no podía estar siempre con ella, y la niña pasaba la mayor parte del tiempo al cuidado de su padre, al que quería con locura. Después de este día Martha no ha vuelto al zoo, ni siquiera cuando ya tuvo edad para ir sola. El solo recuerdo de su padre le provocaba un nudo en el estómago y sus ojos se humedecían al instante.
Su abuela le enseñó que para hablar con su padre solo debía mirar al cielo en una noche estrellada y mirar hacia la estrella que más brilla, y ella, como si de un cuento se tratase, salía al jardín todas las noches para decirle a su padre lo mucho que le quería, lo mucho que le echaba de menos... Pero nunca había respuesta, así que poco a poco abandonó esta costumbre.
Martha creció sin su padre, y poco a poco se acostumbró a no tenerlo. Tuvo una infancia normal, como cualquier niña creció y empezó a descubrir el amor. Con 14 años conoció a Iván, tres años mayor que ella. Su relación era maravillosa hasta que Iván la llevó a su casa en la playa. Allí ella conoció a sus amigos. Se había puesto su mejor ropa y creía que estaba fabulosa, pero...
-¿Ese vestido se lo has quitado a una "barbie"? -la cruel voz de Anna, la mejor amiga de Iván, llegó hasta lo más profundo del corazón de Martha.
La joven miró a su novio, pero de él no salió ni el más mínimo gesto de enfado hacia su amiga. Ni una mirada, ni una palabra... nada. Rompió a llorar. ¿Por qué si Iván sabía que eso le había dolido no había salido a defenderla? Salió del parque entre lágrimas y cuando se dirigía a casa del chico, este la alcanzó.
-Martha, cariño, no te pongas así, son chiquilladas.
-Ese tipo de chiquilladas son las que duelen, Iván... ¡No sabes cómo me he sentido cuando no he visto la más mínima reacción en ti!
-¡Pero chica! Si estoy aquí contigo es porque te quiero y no me importa lo que piensen los demás. Creía que lo sabías y que no me hace falta elegir entre mi amiga y mi chica...
-No te pido que elijas, Iván. Solo te pido que entiendas como me siento. Pero veo que te cuesta.
-Martha...
Pero Martha ya no le escuchaba. Seguía su camino hacia casa. No quería quedarse esa noche, no quería volver a ver a Iván. Solo quería estar sola.
Entró a casa y recogió todas sus cosas. Cogería el primer tren que saliese hacia la ciudad y perdería de vista a ese engreído al que le importaba más echarse unas risas con sus amigos que como se siente su novia. Iba a salir ya, pero se detuvo ante el espejo del recibidor. Se miró, esta vez (sin saberlo) con una mirada distinta a las que se había podido echar hasta el momento. Se estaba viendo con los ojos de Anna. ¿Sus piernas eran más gruesas q las de ella? "¡Dios mío! ¿Cómo se me ha ocurrido ponerme este vestido? ¡Si parezco una morcilla!", pensó.
De camino a casa volvía a repasar mentalmente lo que había ocurrido. Pensaba en por qué estaba en ese tren en lugar de disfrutar de la noche con Iván. "Si no me defendió tal vez es porque él piensa lo mismo...". Esta idea estuvo dando vueltas en su mente el resto de la noche. Ni siquiera escuchó a su madre preguntándole si había pasado algo. A la mañana siguiente decidió que empezaría una dieta.
-Mamá, quiero perder un poco de peso
-Pero Martha, hija, si estás bien. Cualquier médico te lo dirá.
-¡Mamá! ¡Si solo son 3 o 4 kilos! Para eso no hace falta ir al médico. Con dejar de comer dulces y pan está bien, no?
Y así lo decidieron. Martha dejó de un lado el dulce y el pan y todas las tardes, antes de ir al gimnasio, iba a correr media hora. Mientras tanto, en el instituto, Iván seguía enfadado con ella. No entendía por qué Martha se había puesto así por algo que él consideraba una chiquillada y una tontería. Llegó a pensar que ya no le quería y ese incidente solo había sido una excusa para dejarle. Pero no era así. Ella, enamorada todavía, tomaba su silencio como la confirmación de lo que pensaba y se reafirmaba en su idea de perder peso. Tal vez si la veía más delgada...
Pronto se obsesionó con el tema y además de dejar de lado el dulce y el pan, dejó también de echar aceite en las comidas, de comer pasta... Pronto dejó de comer. Martha se había convertido en la sombra de la chica alegre que era. Se había vuelto una persona arisca, intratable, con la que solo se podía hablar de un tema: la comida. Y lo peor era que, a pesar de haber perdido mucho más peso del que necesitaba, seguía viéndose gorda.
Iván intentó hablar con ella y tan solo obtuvo un resoplido como respuesta. Martha estaba cayendo en un pozo del que es muy difícil salir: dejó de ir a clase, perdió el contacto con las amigas... Toda su vida giraba en torno a la comida y la báscula.
Poco a poco va abriendo los ojos. Su madre está a su lado, sujetándole la cabeza. ¿Dónde está? No sabe como ha caído, pero continua en las escaleras. Su madre, llorando a su lado le pide q razone, q esto no puede seguir así... Ella intenta hablar, quiere decirle a su madre q intentará curarse, q quiere estar bien, pero...todavía no tiene fuerzas. Una ambulancia la traslada al hospital, donde, según escucha ella, le van a inyectar un suero para alimentarla y deberá estar ingresada hasta q aumente un poco de peso, entonces tendrá q ingresar en la planta de trastornos alimentarios hasta tener un peso determinado.
Lentamente recupera las fuerzas y es capaz de hablar. Su madre y su abuela han estado en todo momento a su lado, rezando para que la niña se ponga bien y tenga ánimos para salir de esta.
-Mamá -la voz de Martha suena lejana, pero su madre da un salto y contenta escucha a su hija- quiero recuperarme, quiero salir de aquí, ser capaz de saltar, de correr... Quiero volver a ver a mis amigas...
-¡Martha! ¡Me alegro de verte así, hija mía, de verdad! Tu abuela y yo habíamos pensado que discutiríamos contigo cuando te dijéramos que te quedabas, pero...¡Qué alegría!
Cuando su madre se lo comunica al doctor, éste pide un segundo a solas con la joven.
-Martha, debes saber que en la planta de trastornos alimentarios hay una norma inquebrantable: solo se permite una visita familiar a la semana, que será suspendida si no evolucionas como debes. Todas las demás reglas son negociables.
-Doctor, estoy completamente decidida a curarme. Solo que...tengo miedo. No quiero volver a perder el control sobre la comida, quiero estar sana, pero... me da miedo perder el control otra vez y empezar a engordar sin límite...
-Tranquila, durante tu estancia en el hospital te enseñaremos a alimentarte bien, de una manera sana.
La madre de Martha entra entonces con la maleta de Martha y una sonrisa en la boca. ¡Su hija quería curarse! No lo podía creer. Hacía tiempo que se había dado cuenta de la enfermedad de la niña, pero no sabía como afrontarla.
Dos meses después Martha, totalmente recuperada, recoge sus cosas en la habitación del hospital cuando entra una enfermera:
-Martha, tienes visita, y parece que te espera para llevarte a casa.
Ella, extrañada (había quedado en que su madre la esperaba bajo), va a la sala de visitas y no puede creer a quien ve dentro...
-Te veo mucho mejor, Martha
-¡Iván! ¡No lo puedo creer! ¿Todavía sigues queriendo verme?
-Ahora más que nunca.
Esa misma noche, ya en su casa, Martha sale al jardín, y mirando la estrella que más brilla recuerda a su padre, al que echa de menos ahora más que nunca.
---------------------
(c) Todo los derechos son de Inma, que me lo envío: así que si se le ocurre a alguien copiarlo, sin pedir permiso, se la gana.
|